El bullicio de la Medina y el gran Zoco de Marrakech son un espectáculo sin parangón. La maraña de callejuelas que parten de la vía central son los rejos que atraen a miles de visitantes ávidos de llevarse esa pieza de artesanía que les seduce, a un buen precio. La oferta es tan amplia que pocos resisten la tentación de comprar una pipa de agua, túnica, bisutería, tetera o cualquiera de las decenas de utensilios en barro cristal o madera que se ofrecen.
Entre aromas, el visitante recorre miles de años de historia de arte árabe antes de recalar en cualquiera de los alojamientos hoteleros de nueva construcción o en la tradicional pensión; o de decantarse por uno de los muchos restaurantes donde guisan cualquier tipo de especialidad culinaria servida, eso siempre, con gracia y amabilidad
Nada que ver este ajetreo maravilloso con la serenidad de las calles de Agadir que, 270 kilómetros al Sur, abre la puerta a la región del Souss Massa Drâa; territorio extenso donde el español es casi idioma oficial, gracias a los cientos de empresarios asentados tanto en esta inmensa costa de aguas cristalinas, como en el interior. El recorrido Marrakech-Agadir, a través de la cordillera del Atlas es un viaje a ese arco iris que descubre cumbres y laderas en verdes, ocres, marrones y rojos tan intensos como el corazón del viajero.
Más hacia el Sur, se perfilan en el horizonte del desierto hileras de caravanas de camellos guiados por sus cuidadores. El paisaje se hace arena salpicado de haimas que quedan atrás al avanzar por esa lengua de brea que traza la carretera hasta Nuadibú, capital administrativa de Mauritania, famosa por su puerto pesquero artesanal y por contar con el gran espectáculo que ofrece su bahía, convertida con los años en el cementerio de decenas de buques y naves.
El mercado artesanal del pescado es un enjambre bicolor de darahas que ondean al viento en las primeras horas de la mañana, cuando las pequeñas embarcaciones tocan los pantalanes para vender al mejor postor las capturas del día. En Nuadibú se camina sobre fina arena salpicada de conchas, caracolas y miles de caparazones de crustáceos atlánticos que alfombran calles sosegadas aunque no exentas del sonar de los cláxones; bocinas que no inmutan al ejército de limpiadoras de vías urbanas que aquí lo forman las cabras.
La misma carretera lleva a la ciudad capitalina de Nuakchot, preludio de lo que significa el caos circulatorio en el occidente africano. Las miles de familias que han llegado de todos los rincones de Mauritania a la ciudad, en busca de una oportunidad laboral, en el éxodo que provocan las grandes sequías, ha hecho crecer la urbe hasta acorralarla contra las cuerdas de la planificación urbana.
Miles de mauritanos ofrecen a los peatones sus servicios de taxi en las modalidades de individual o compartido, para desplazarse por estos barrios que recorren indelebles pollinos que tiran de carros cargados hasta lo imposible. Nuakchot es un concierto de pitas que se funden a más de 40º centígrados, sólo atenuados por la incesante brisa que llega de la costa hasta rozar el Mercado de Mujeres, este centro comercial creado por señoras en la lucha de ser dueñas de lo suyo.
Y del preludio del caos circulatorio al gran Dakar, por la que transitan día y noche, sin distinción horaria, más de tres millones de ciudadanos que conforman una ciudad viva, activa, de las que no descansan. Cada rincón alberga un carrito para comprar carne, aceite, arroz, harinas? Cada esquina es buena para ofrecer herramientas, utensilios, cacharros? lo que sea. El gran mercado del mundo se concentra en la necesidad de lograr unos cuantos francos cefa que llevar a casa.
Avenidas extensas, remolino de universitarios que concluyen las clases, decenas de coches que no avanzan, cafés y restaurantes para darse un descanso de la tórrida atmósfera antes de emprender viaje a la región de Diourbel, al Este del país. Vía Thies, pequeña y hermosa ciudad bien provista de tiendas que ofrecen artesanía, da paso a un largo camino, que se adentra en el país y desvela el auténtico carácter rural del senegalés.
Las aldeas que salpican el recorrido están formadas de casas de barro y adobe con techumbre de caña y paja, ideales ante el calor, donde las mujeres se afanan a esta hora en los quehaceres culinarios. Mientras, los chavales han ido a la escuela donde concluyen una jornada con alegres cantos, los que les conducen a traer y llevar agua, dar de comer al ganado o hacer cualquier mandado de padres y madres.
La paz se reproduce en cada esquina, todas ellas habitadas por sonrisas y amables palabras de bienvenida; no falta un té de concordia después del saludo y, muchas veces, un simple ?hasta luego? se cierra con un pequeño regalo del anfitrión.
África es demasiado grande para el viajero, demasiado profunda para una vida, demasiado hermosa para atraparla y demasiado culta para aprehenderla.
Fuente: AfricaInfoMarket